domingo, 19 de abril de 2020

Tiende el tiempo











(escrito hace muchos años, necesario siempre...)





Tiende el tiempo,como una seda que volara de tu mano al aire, 
como una alfombra desenrollándose a un toque de tu pie.

Tiende el tiempo largo desde tu corazón, 
que si no el tiempo araña como clavos y agujas, y desgarra.

No digas cuando, no digas cuanto, ni hasta, ni siquiera mientras.

Proscribe el reloj si no es para gozar el ignorarlo.

Soborna al sol y a la luna con la dulzura de tu inconsciencia, 
con la complicidad de saberlos danzas, amigos, luces, dioses, 
pero nunca medidas, qué mezquindad.

Tiende el tiempo y no sacará garfios.

Tiende el tiempo como una hierba fresca, 
y que tus pies descalzos lo saboreen.




viernes, 13 de diciembre de 2019

Leyenda casi






Tarde de rosas y gigantes olvidados
gimiendo bajo el peso vencedor de palabras y almas
vendidas a otros dioses.

Tarde agazapada en la memoria de la Tierra,
cernida por hechos y cantares de mil años atrás.

¿Quieres que yo horade tu misterio y traiga a la vida
aquello que murió cuando tú y yo éramos solo
fantasmas en la posible lejanía?

¿Quién alzará la antigua corona,
quién hará sonar el cuerno enterrado,
quién narrará la historia perdida?

Tarde abrumada de recuerdos ignorados,
tan viejos ya como los ríos y los montes.
Bajo las cenizas de tantas vidas pasadas
relumbra el rescoldo del fuego sagrado.

¿Quién soplará sobre él y lo hará crepitar otra vez,
ahora,
antes de que se vayan los pájaros y se desangre el sol?


sábado, 7 de septiembre de 2019








Mañana fresca. Llueve. 
Escucho al otoño acercarse  
con miles de diminutos pies.






sábado, 22 de junio de 2019

Fuego, agua, magia.

El rastro de nuestros ancestros en las tradiciones del solsticio de verano.





Cuando era pequeña, recuerdo que en mi casa contaban cosas maravillosas cuando se iba acercando la noche de San Juan. Deja un cuenco de agua al sereno toda la noche, y por la mañana te dará belleza y salud si te lavas con ella. Sal al campo antes de amanecer  para encontrar el trébol de cuatro hojas que te proporcionará suerte para todo el año. Casca un huevo en un vaso de agua y al día siguiente la forma que haya tomado la clara te predice lo que te va a ocurrir. Era una noche única en la que podían ocurrir cosas insólitas.
Una sola palabra se me quedó vibrando, ya para toda la vida asociada con este momento del año: ¡magia!
Era como una puerta que se abría a la posibilidad de otras formas de entender las cosas y de ver la realidad. Una interacción de lo común y doméstico con el cosmos y los elementos. Una rendija para comunicarse con lo invisible. La Tierra entera está encantada esa noche y los elementos se hacen cómplices.

Fue el primer contacto que yo recuerdo con el punto de vista pagano que subyace en nuestra cultura, que como luego he podido constatar tantísimas veces, no está desparecido sino camuflado bajo las capas de muchos siglos de un cristianismo imperante e inquisidor. El sentir de nuestros ancestros, cuando todavía vivían en íntima relación con la naturaleza y la entendían habitada de diferentes espíritus y poderes, sigue resonando en cuentos populares y viejas tradiciones. Nuestro subconsciente se lo agradece, de repente te encuentras como en casa. Rastros de antiguos ritos de culto o petición, de creencias, de mancias, todavía perviven y nos llegan traídos a través de los siglos por la tradición oral y las costumbres de pueblos de todos los rincones de la península, a veces bajo la etiqueta de supersticiones, otras veces convertidos en símbolos de identidad local (la vieja identidad de clan al fin y al cabo).

Esto último ocurre, por ejemplo con el impactante ritual del Paso del Fuego que se lleva a cabo en el pueblo de San Pedro Manrique (Soria) el 23 de junio desde tiempo inmemorial. Durante la tarde, junto a la ermita de la Virgen de la Peña, los “horguneros” o encargados de preparar las brasas se dedican a colocar y quemar más de mil kilos de leña de roble (tiene que ser roble), de manera que para las doce de la noche, en el espacio previsto, quede una alfombra de brasas de unos seis metros de longitud y de diez a quince centímetros de grosor. La temperatura de ese suelo ardiente es de unos 400 grados, y sobre ella caminarán (siete increíbles pasos), a pie descalzo y muchas veces cargando a alguna otra persona a la espalda, los “pasadores”. Y no se quemarán.  La tradición dice que sólo los hijos del pueblo y no los forasteros pueden realizar el Paso del Fuego a salvo. Antaño sólo lo hacían los mozos y se baraja la teoría de que su origen sea un rito iniciático masculino, pero desde mediados del siglo XX también las mujeres sampedranas que lo deseen, participan. 


Esta ceremonia la contemplan las tres “Móndidas”, tres jóvenes sampedranas elegidas por sorteo cada año, en cuya tradición resuena el final del legendario Tributo de las Cien Doncellas, pero otros estudiosos ven en ellas reminiscencias de sacerdotisas celtíberas en ritual de agradecimiento por la fecundidad de la tierra.  Van vestidas con un traje blanco tradicional, un mantón de color vivo y un curioso sombrero que en realidad es un cesto, lleno de flores, roscos y panecillos y del que salen los arbujuelos, unas varas recubiertas con masa de pan coloreada de azafrán que al día siguiente ofrecerán a la Virgen.
Muchos han sido los antropólogos y parapsicólogos que han investigado estas tradiciones de San Pedro Manrique. A bote pronto, la raíz pagana parece traslucirse claramente en la leña de roble (árbol sagrado para celtas y celtíberos), en la relación con la Virgen de la Peña (¿cristianización de alguna antigua devoción a una diosa de la tierra?), en la figura de las Móndidas… Se han constatado otros rituales de caminar sobre las ascuas encendidas (o pirobacia) en diferentes lugares del mundo como por ejemplo los del monte Soracte, en honor de la diosa etrusca Feronia, o antiguos rituales pre-indoeuropeos al sur de la India.

La fiesta de san Juan (que por cierto conmemora el nacimiento del Bautista y no su muerte, caso extraño en el santoral católico) vino a “bautizar” a las fiestas ancestrales del solsticio de verano, de la misma manera que la Navidad substituyó las del solsticio de invierno, así que no es de extrañar que el fuego siga teniendo una importancia especial en esta fecha, ya que en la inmensa mayoría de culturas paganas por todo el mundo se encienden fuegos en este solsticio para celebrar el triunfo del sol en su máximo apogeo y también para colaborar en el mantenimiento de su fuerza,  porque a partir de ahora va a empezar a decrecer. Desde la Comunidad Valenciana hasta Galicia, y desde Andalucía a Asturias, por toda la península hay esa noche hogueras, y saltarlas  trae protección, salud y fertilidad. En algunos lugares de Extremadura se queman grandes ramos de hierbas aromáticas humedecidas a la puerta de las casas y los corrales y se considera que ese abundante humo es especialmente salutífero para la gente y el ganado.

En diferentes sitios (Canarias, Galicia…) la tradición cuenta que ese día el sol nace bailando, y mucha gente afirma haber visto esta danza al amanecer.

El agua, como elemento opuesto al fuego y su complementario  para la vida, tiene también enorme protagonismo. En todas las costas, la gente acude a la playa y después de hacer las hogueras y bailar a su alrededor o saltarlas, se mete en el agua  justo a la medianoche para recibir las ¿nueve, siete, tres? olas sagradas que conceden deseos. Están especialmente indicadas para la fertilidad, y doy fe: mis dos hijos vinieron después de una noche de solsticio, en que pedí quedarme embarazada ese año mientras saltaba las nueve olas a medianoche.


Y la bendición del agua no es sólo para los humanos: en Canarias, desde época guanche, llevaban la mañana de san Juan los rebaños a la playa y los hacían bañarse en el mar para que así estuvieran a salvo de plagas, accidentes y enfermedades todo el año.
Las aguas dulces también son especialmente mágicas esa noche, en todas partes existe la tradición de que el agua dejada al sereno (a la intemperie) esa noche proporciona salud y belleza. El rocío de ese día, antes de salir el sol, es curativo, rejuvenecedor y embellecedor: hay que salir a revolcarse en la hierba para empaparse con él, y mejor si es sin ropa. El agua de manantial o arroyo recogida al alba también tiene virtudes eseciales.



La noche y el amanecer del solsticio de verano (traspasada, pero no perdida su carga mágica a la fecha de san Juan) son reconocidos como un momento de maravillas y acontecimientos excepcionales, un momento en el que el velo entre este mundo y el reino de dioses y sobre todo seres feéricos se hace más fino. Por eso se considera en todas partes que las plantas recogidas en esa noche tienen su máxima virtud curativa, protectora y mágica, incluso las leyendas dicen que algunas plantas venenosas dejan de serlo por unas horas. En esa noche se busca el trébol de cuatro hojas, o se busca la insólita flor que sólo florece un momento pero otorga bienes para el resto de la vida. Esto se cuenta tanto del helecho como de la higuera. Ninguna de estas dos plantas tiene flores visibles, pero en la noche de san Juan cuentan que es posible que aparezca su misteriosa y única flor, en plena noche. Algunos dicen que es luminosa. Otros dicen que desaparece una vez cortada. 

En algunos lugares hasta se conserva todo un ritual prescrito para lograr hacerse con ella: En Ahigal (Cáceres), “todos los naturales del pueblo creen o simulan creer que a las doce en punto de la noche sanjuaniega los helechos florecen y granan. El que consiga una de sus flores alcanzará la felicidad. Los granos constituyen a su vez un amuleto para encontrar novio, además de implicar un aumento de riqueza. El presenciar la recogida de la flor y los granos del helecho es tabú para cualquier visitante, pues de lo contrario el trabajo sería inútil. La operación está sujeta a todo un ceremonial. La persona llegará junto al helecho momentos antes de la media noche y procederá a encender una vela, que colocará en el suelo a sus espaldas, de modo que su propia sombra caiga sobre la planta. Cuando el reloj comienza a dar las doce colocará debajo del helecho una servilleta sin estrenar para que en ella caigan los granos. El siguiente paso es apagar la vela, envolver la servilleta y volver a casa sin mirar hacia atrás y sin pensar en lo que se lleva. Toda esta operación ha de hacerse en silencio. Sí todo se cumple debidamente a la mañana siguiente la servilleta aparecerá llena de granos de oro.” (1) 



Perviven muchas tradiciones relacionadas con el amor y la fertilidad. En muchos lugares los mozos ponen enramadas en la ventana de la moza que les gusta, como también ocurre en muchas las del 1 de mayo, y también tenemos decenas de pequeños rituales de adivinación,  porque es un momento en el que es más fácil que se nos desvele el futuro. Por ejemplo poner dos hojas de olivo entrelazadas y arrojarlas al fuego: si se queman juntas hasta el final, auguran un amor para siempre, pero si en el fuego se sueltan la pareja no va a durar. Las jóvenes también solían cerner harina en un cedazo, pero haciéndolo despaldas, y luego leían los dibujos que habían quedado en el cedazo, que reflejaban las herramientas del oficio del futuro marido. Acostarse poniendo debajo del colchón tres habas, una a medio pelar, otra pelada del todo y otra íntegra te predice la abundancia de bienes que tendrás ese año. Por la mañana, metes la mano bajo el colchón y sacas la primera que encuentres: cuanto más entera, más riquezas, pero si sacas la monda y lironda, mal augurio para tu economía. Otra adivinación, más inquietante, se refiere a quienes al alba van a un arroyo o al mar y miran su reflejo en el agua. Distintas tradiciones dicen que quien se vea reflejado sin cabeza o con dos cabezas, morirá en ese año. También se consideraba este tipo de presagio observando la sombra que arroja una persona en una tapia o en el suelo con el primer rayo de sol de la mañana de san Juan.

Hay numerosos rituales curativos para hacer esta noche, interaccionando directamente con algún árbol o planta. Un ejemplo de corte muy chamánico es el que se llevaba a cabo en la sierra de Segura (Albacete) para curar a niños herniados o “quebrados”. De madrugada, se elegía una zarza y se la partía en dos. Antes de la salida del sol, un hombre y una mujer debían cruzar un número impar de veces a través de la hendidura de la zarza, con el niño en brazos, e írselo pasando del uno al otro mientras decían: “Pásamelo Juan, tómalo Juana, enfermo te lo doy, sano me lo has de dar”. Lo curioso es que se debían invertir los nombres, el hombre llamaba Juan a la mujer y la mujer Juana al hombre. También se realizaban rituales similares en muchos lugares con una higuera en lugar de una zarza, pasando al enfermo por en medio de un horcajo o bifurcación de dos ramas, con el propósito de que el mal pasara al árbol dejando libre a la persona.



Por toda España tenemos leyendas de que sólo durante esta noche se permite el acceso a grutas, castillos y palacios encantados, se pueden liberar de sus ataduras a cautivos de algún embrujo, se pueden encontrar tesoros encantados ocultos o incluso podemos vislumbrar a algún ser feérico (mouras, encantadas, xanas etc.: nuestros sidhe) que en esta fecha salen de su invisibilidad.
El solsticio de verano es la Puerta de los Hombres, como le llamaban los griegos (en contraste con el de invierno al que llamaban la Puerta de los Dioses): una noche especialmente benéfica, en la que las energías de la Naturaleza dialogan de buen grado con los humanos y lo extraordinario se nos pone al alcance de la mano, como bien sabían nuestros ancestros.


Notas:

Fuentes:
-Tradición oral.
-Mentalidad y Tradición en la Serranía de Yeste y Nerpio. Juan F. Jordán y Aurora de la Peña.  Instituto de Estudios Albacetenses.

Escribí este artículo en su día para la revista El Sendero  https://issuu.com/llunaplena8/docs/elsenderonumero1


sábado, 27 de abril de 2019

Te echo de menos



Esta entrada es para mi padre, que desde algún lugar, o desde varios lugares entre las dimensiones saltarinas, sigue siempre calentito en mi corazón. Lo escribí hace un año pero continúa (y continuará) perfectamente actual.


Si me bebo una cerveza, me acuerdo de tus martinis con ginebra, y te echo de menos.

Si encuentro un libro de esos diez mil que leímos y comentamos, te echo de menos.

Y si por la noche salgo a ver las estrellas, es otra vez la era en verano y estamos tumbados sobre la paja recién cortada, y tengo seis años, y te echo de menos.

Si por la mañana queda en el cuarto ese olor a tabaco rubio de ayer, te echo de menos.

Ya  no te puedo preguntar viejas triquiñuelas médicas, ni las bases luminosas de la fisiología, ni comentarte las cosas raras de las que nos gustaba hablar.

Ya nadie contesta a tu teléfono, y tu e-mail lo respondo yo.

Escaramujo y epígrafe van a arder como palabras mágicas en adelante para mí.

Nunca volveré a mirar igual el vuelo de los estorninos, porque  tú no lo veías pero yo lo miraba y aún tenía esperanza.

Pienso  “hizo bien en no quedarse para meses ciegos de fangoso declive, hizo bien en volar de muerte limpia”, y te echo tanto de menos.

Y me acuerdo de tus ojos colmados de cariño, de los que aprendí justamente qué significa eso, y te echo de menos siempre.





miércoles, 3 de abril de 2019

El retorno de Perséfone

Primavera en Eleusis


¡Te saludo, Perséfone! ¡Bienvenida en esta vuelta al sol!


Tú emerges de la oscuridad subterránea, y todo se llena de vida.

Me preguntaron ¿Perséfone quiere salir o tiene que salir?

Perséfone ya no hace nada porque tenga que hacerlo.

Lo hace porque puede, quiere y es su momento.

Perséfone vuelve ahora a la superficie como Reina del Inframundo que es y con su regreso la llena de brotes, de flores, de pasión, de creatividad, de rayos de luz.

Ya no es más la doncella, la tímida Kore, en la confusión  de “me han raptado, quiero estar con mi madre, también soy de la oscuridad, no sé donde estoy ni quién soy”

Pasó por el infierno, miró cara a cara a la muerte, directamente desde un prado florido.

Aprendió de las profundidades del sexo y de la sombra.

Viene con la sabiduría del Hades donde se vio secuestrada y donde después reinó.

Trae la energía del magma ardiente, que cuando toca el aire se convierte en una avalancha de flores.

La tierra se emborracha de vida con su presencia.


“Yo soy Perséfone.

Reina del Inframundo, Reina de la Primavera, 

la que mueve todo lo que toca. 

No soy mi madre Deméter. No tengo que cuidar. 

En mi presencia la vida se alegra, se enardece y se cuida a sí misma.

Mi energía es sabia. 

Mi energía es vida que sale del infierno y se extasía a la luz del sol.

La vida me acoge y me celebra.

Yo soy la que enlaza mundos. 

Yo soy la que muda, desaparece, crece y reverdece. 

Yo soy la sombra desvelada. 

Yo soy la que ve. 

Yo soy la viajera. 

Yo soy la que habita en el Misterio. 

Yo soy la que no tiene miedo. 

Soy hueso y soy brote.

Soy eterna y soy la diosa. 

Siempre llegaré cuando menos lo esperéis. 

            Aquí estoy.”          



                       

viernes, 8 de febrero de 2019

Conmigo misma








Y dije, voy a estar un rato conmigo misma.

De inmediato ví a una chica joven, y también a una niña, y a una madre atareada con sus bebés, y a una mujer solitaria, y luego no ví a nadie sino el paisaje, porque ya estaba de nuevo mirando desde mis ojos.

Había una escalera y la bajé. La conozco, esa escalera de caracol, con sus peldaños de piedra iluminados por unas pocas antorchas fijadas en sus paredes.

Esta vez acababa en una sala con una chimenea encendida, íntima y acogedora.
Y otra vez afirmé mi intención: voy a estar un rato conmigo misma.

Éramos varios en torno al fuego. Un hombre joven de pelo moreno me ofreció un vaso de vino. Una mujer mayor sonreía apenas al fondo del círculo. Había una niña rubia tirada en el suelo, dibujando con lápices de colores. En algún lado había también un caballo, un gato, un halcón y alguna otra presencia que no se dejaba ver.

Tómate un respiro, me dijo el chico. Sé que estás cansada.

Más que cansada, le dije. Estoy vacía.

Caliéntate, me dijo la mujer mayor. No te preocupes, estamos en familia.

Estamos de vacaciones, dijo la niña. ¿No hay una pizarra?

Entonces vimos que había una pizarra en toda la pared de la derecha, y tizas de colores. La niña se puso de pie de un salto y dijo ¡Me encanta! Y empezó a pintar a grandes trazos en la pizarra.

Me gusta ver el fuego, dije. Yo soy más yo delante de un hogar encendido.

Ya lo sé, dijo la señora. Ya sabes que aquí lo tienes.

Voy a reponer fuerzas, dije.

Y me quedé mirando las sartas de chispas anaranjadas que recorrían las brasas en la raíz de las llamas, y las llamas que lamían dulcemente los troncos, sin apenas tocarlos pero consumiéndolos con su mismo amor. Los troncos se transformaban en brasas iluminadas y en humo oloroso y en cenizas tan blancas y leves como las más lejanas memorias.

Tengo ganas de viajar, dijo el chico.

Tengo ganas de legar, dijo la señora.

Yo siempre tengo ganas de jugar, dijo la niña. ¿Jugamos?

El juego se hace muy grande, dijo la señora.

A mí me gustaría saber de verdad que estoy jugando, dije yo.

¿Qué otra cosa hay, querida? dijo la señora.

Hay misiones que cumplir y destinos que conquistar, dijo el chico.

No seas tonto, dije yo. Ya no hay nada de eso.

¿Por qué? Preguntó él.

Ya os estáis poniendo trascendentales, dijo la señora. Toma unas palomitas.

Me muero, me muero pensando esas cosas, dije yo.

Canta, dijo la niña. ¡Canta, canta, canta!

Cogí el tambor y empecé a tocar, y canté.

Canté en medio del baile de las llamas y en las raíces de las brasas, canté con el humo que subía haciendo espirales, canté desde la garganta de la mujer y del hombre y desde el corazón de la niña que era como un pajarito atrapado entre las costillas.

Salió el pájaro y echó a volar alrededor de la habitación, hasta que encontró la chimenea y escapó hacia arriba por el camino de los duendes.

12.1.19









lunes, 27 de agosto de 2018

Laberintos








Tengo una amiga que montó un laberinto en un bancal cerca de su casa.

Lo construímos con piedras de río que habíamos recogido por la mañana. Luego, hubo una pequeña ceremonia donde cada una lo recorrió, dejó algo en el centro y siguió su camino.

Creo que ese día aprendí varias cosas:

Dicho así, al modo del Eclesiastés, ví que hay un tiempo para entrar y un tiempo para salir,
un tiempo para estar en el centro, un tiempo para estar en las orillas, 
un tiempo para concentrarse y un tiempo para expandirse.

Ví que siempre estás en el camino, siempre, y todo forma parte del camino.

Ví que a veces, te crees perdida porque tú ibas hacia el centro y de repente un "zarandeo del destino" te hace encontrarte en la pura periferia, al ladito mismo de la puerta de entrada, y dices, ¿"pero esto cómo puede ser? no entiendo nada"... y a los tres pasos compruebas que sólo era el giro necesario para dirigirte a donde ibas...

Ví que igual q deseaba llegar al centro, después deseaba llegar a la salida.

Ví que al centro se pueden llevar cosas y que del centro se pueden sacar cosas.

Ví que la entrada y la salida son lo mismo, pero mirado desde el punto de vista opuesto.

Ví que al final, hicimo el camino del laberinto todas juntas, con la mano en el hombro de la anterior, y danzando.

Y ví, yo sola, en último término, que al fin de cuentas, si así lo eliges porque ya no quieres jugar más, puedes saltarte todas las barreritas marcadas e ir en línea recta de la entrada al centro y a la salida, o viceversa, o incluso cruzarlo de parte a parte... es tu decisión. Pero es bueno haber jugado, porque si no, no hubiera visto ninguno de los puntos anteriores.

Y ví que los laberintos se pueden tomar como un juego. Y que es un juego jugoso. Y que nadie está perdido si no se siente así.




martes, 17 de abril de 2018

Los niños milenarios



Peter Pan in Kensington Gardens, Arthur Rackham, 1912



Están muertos hace siglos pero nunca murieron.

Los escucho bisbisear por las noches cuando enciendo mi farolillo para iluminar la travesía nocturna. También a veces se paran un momento en las cuerdas de la ropa o en las antenas más altas, o les veo brillar los ojos en el fondo del  sumidero de la terraza.

Cantan canciones interminables en los caracoles de mis oídos, que suenan un poco como las esquilas del ganado o el silbo del viento en la chimenea. Se asoman por mis sueños descaradamente y suelen hacerse los encontradizos por mis vigilias.

Nuestras madres y abuelas nos acunaron con ellos, con ellos saltamos a la comba y tiramos las tabas, y también nos contaron cómo era sentir las fauces de la fiera justo detrás de nuestra nuca, y nos estremecimos cuando supimos, porque ellos nos lo dijeron, que podíamos caernos en el abismo del cielo, del barranco o del mar.

Ellos nos dijeron que no pasáramos bajo la escalera, y nos provocaron a hacerlo. Nos llevaron a buscar tréboles de cuatro hojas. Nos miraron poniéndose bizcos desde las páginas de más de un libro. Nos invitaron a ser uno de ellos. Yo acepto la invitación.

Saben contar, al menos hasta veinte. Y conocen los verdaderos nombres de las estrellas. Juegan con flores y calaveras, con caramelos y venenos. No hay nadie más sincero, ni nadie que hable con más niebla. Si la niebla se levanta, la desnudez es grande y casi nadie se queda a averiguar nada más.

A veces muerden, y a veces te los encuentras durmiendo enroscados en el rincón más calentito, como los gatos.

No tienen vergüenza, ni piedad, ni prisa, ni aburrimiento. Y cuando un lugar está vacío de ellos, no hay nada más vacío.

Guarda un sitio a los niños milenarios si quieres mirar al fondo del espejo.

(Escrito en febrero de 2018)






x

miércoles, 11 de abril de 2018





La espiral es la madre del mapa de la vida, eso supe. Y esa espiral tiene que cuajar en algo corpóreo, calcáreo, real, que suena si lo golpeas, que parece muerto, pero míralo, no tiene principio ni fin.
Toda mi casa era una sala de pasos perdidos y yo deambulaba buscando un sorbo de belleza.
El caracolillo blanco me dijo “ponme encima del viejo mármol”.
El anciano aparador callaba. El caracol me guiñó un ojo inexistente.
Y la encontré.





viernes, 5 de febrero de 2016

Kairós






Yo voy lenta.

Como los volcanes, como las ballenas, como los árboles.

Yo voy despacio hasta que viene una erupción, una danza, una primavera.

No quiero que me urjan, que me azucen, no quiero ir así. Así no me respira el alma.

Tengo que sentir las manos metidas muy adentro del barro de la vida. 

Tengo que quedarme mirando hasta que sepa que no soy yo la que mira, y empiece el amor. 

Tengo que dejar crecer las raíces hasta que la savia o la lava me inunden de golpe. 

Kairós. 

Entonces estallo, bailo, nazco y muero.

Qué cosa extraña, el tiempo, los tiempos de cada quién, tan diferentes.

Pero kairós no es tiempo. Es la puerta del tiempo.


Presente despierto, kairós.




Kairós, relieve de Lisipo



miércoles, 26 de agosto de 2015

viernes, 17 de julio de 2015

Conexión





Momentos en que sabes que eres parte de todo

Sabes que nunca estás sola aún en la más desierta soledad dentro o fuera de ti

Hablas con los árboles, con el río, con los pájaros que pasan

Tienes el sol en la garganta y el cielo estrellado ocupa el lugar de tu vientre

Miras con los ojos de la ballena y de la mariposa

Y la sangre corre por tus venas al ritmo del agua de los arroyos

El mar es tu madre y  el rumor incógnito del fondo de tu cerebro

Tocas la tierra y vibras con el temblor de la hierba que crece

Ves arder la energía todo alrededor  y cómo los hilos de fuego te recorren vivos

No temes al bien ni al mal

Sabes que has nacido y muerto muchas veces

Sabes que no eres nadie y que eres inmortal.










domingo, 18 de mayo de 2014

Saaremaa




 
Volver a aquella infancia tan lejana

y saber que siempre he estado allí,

bajo ese sol blanco y silencioso

que hacía humear la hierba entre las pezuñas de las vacas

en la mañana escarchada.


 

miércoles, 2 de abril de 2014

De Fernando Pessoa

 
 
 

La frase bajo el título del blog es un verso de Pessoa. Le debía poner el poema entero, y aquí está.


Si yo pudiera morder la tierra toda y sentirle el sabor
sería más feliz por un momento...
Pero no siempre quiero ser feliz,
es necesario de vez en cuando ser infeliz para poder ser natural...
No todo es días de sol,
y la lluvia cuando falta mucho, se pide.
Por eso tomo la infelicidad como la felicidad.
Naturalmente, como quien no se extraña
de que existan montañas y planicies y que haya rocas y hierbas...
Lo que es necesario es ser natural y calmado,
en la felicidad o en la infelicidad.
Sentir como quien mira. Pensar como quien anda.
Y cuando se ha de morir,
recordar que el día muere y que el poniente es bello
y bella la noche que se queda.
Así es y así sea.


 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Vivir






Y con cargas o sin ellas vivir, vivir…

Sentir el sol en las manos

Durar lo que dura el aire en la cara

Lo que es un sorbo de agua

Lo que una chispa.

 

Amar cada cosa pequeña

Cada cosa delicada, indefensa

Y amar las cosas grandes y sangrantes también

Como un elefante destripado

Sangrando sobre el mundo

No hay otra cosa,

Me da igual lo demás.

 

Cada hoja de hierba

Y cada ruido de llaves en la puerta

Y cada respiración

Y cada pájaro.

 

Y seguir riendo.

 

No quiero irme lejos

Todo lo lejano está aquí

No hace falta.

 

Fiel a la vida

Y leal a la muerte que no engaña

Tanto tiempo y tantos pensamientos

Para al final saber lo mismo que al principio

Que todo es aquí y ahora,
 
El único lugar donde ocurren las cosas.

 

lunes, 29 de abril de 2013




¿En qué lugar se reúnen este corazón y esta consciencia,

en qué lugar hacen frontera y se pueden escuchar los clamores extranjeros de uno y otro lado?

¿En qué lugar desaparecen, como el horizonte al llegar?

Sólo en este páramo donde galopa el caballo sin dueño.

Aquí donde se oye el batir salvaje de sus cascos,

como toda la tierra, como todo el mar, como la tormenta.

Aquí mismo, aquí donde te arrolla.

Donde, invisible, te revuelca en la polvareda de fuego de sus patas.


Y ves.

 

miércoles, 7 de marzo de 2012

Hoy es verde






Borracha de verde estoy
Embriagada de savia
Mientras me crece el día en los ojos
En el aliento y en las venas
Verde temblor  las ramas  tintinean
Verde sombra derramada en la hierba
Verde musgo entibiando las raíces más viejas
Olas verdes los cabellos del mar
Verdes apenas los ojos de la gata en trance
Verde alboroto de diminutos pies que no se ven
Verde es aquí y verde es justo ahora
Cada mano brotada y cada dedo
Cada cosa se ha vuelto transparente
Con una verde risa viene el sol.








sábado, 31 de diciembre de 2011

Feliz año nuevo



El violinista azul - Marc Chagall



Te deseo
el calor de la llama,
la frescura del agua.
Te deseo
la fuerza de la fragua,
la savia de la rama.
Te deseo
el callar de la tierra
y el cantar de los vientos,
el vibrar de la estrella
y el creer de los cuentos.
Te deseo
que seas lo que quieras
y quieras lo que seas.
Que partas, andes, llegues...
y retomes la senda.
Que seas siempre libre,
y que además, lo sepas.