sábado, 27 de abril de 2019

Te echo de menos



Esta entrada es para mi padre, que desde algún lugar, o desde varios lugares entre las dimensiones saltarinas, sigue siempre calentito en mi corazón. Lo escribí hace un año pero continúa (y continuará) perfectamente actual.


Si me bebo una cerveza, me acuerdo de tus martinis con ginebra, y te echo de menos.

Si encuentro un libro de esos diez mil que leímos y comentamos, te echo de menos.

Y si por la noche salgo a ver las estrellas, es otra vez la era en verano y estamos tumbados sobre la paja recién cortada, y tengo seis años, y te echo de menos.

Si por la mañana queda en el cuarto ese olor a tabaco rubio de ayer, te echo de menos.

Ya  no te puedo preguntar viejas triquiñuelas médicas, ni las bases luminosas de la fisiología, ni comentarte las cosas raras de las que nos gustaba hablar.

Ya nadie contesta a tu teléfono, y tu e-mail lo respondo yo.

Escaramujo y epígrafe van a arder como palabras mágicas en adelante para mí.

Nunca volveré a mirar igual el vuelo de los estorninos, porque  tú no lo veías pero yo lo miraba y aún tenía esperanza.

Pienso  “hizo bien en no quedarse para meses ciegos de fangoso declive, hizo bien en volar de muerte limpia”, y te echo tanto de menos.

Y me acuerdo de tus ojos colmados de cariño, de los que aprendí justamente qué significa eso, y te echo de menos siempre.





miércoles, 3 de abril de 2019

El retorno de Perséfone

Primavera en Eleusis


¡Te saludo, Perséfone! ¡Bienvenida en esta vuelta al sol!


Tú emerges de la oscuridad subterránea, y todo se llena de vida.

Me preguntaron ¿Perséfone quiere salir o tiene que salir?

Perséfone ya no hace nada porque tenga que hacerlo.

Lo hace porque puede, quiere y es su momento.

Perséfone vuelve ahora a la superficie como Reina del Inframundo que es y con su regreso la llena de brotes, de flores, de pasión, de creatividad, de rayos de luz.

Ya no es más la doncella, la tímida Kore, en la confusión  de “me han raptado, quiero estar con mi madre, también soy de la oscuridad, no sé donde estoy ni quién soy”

Pasó por el infierno, miró cara a cara a la muerte, directamente desde un prado florido.

Aprendió de las profundidades del sexo y de la sombra.

Viene con la sabiduría del Hades donde se vio secuestrada y donde después reinó.

Trae la energía del magma ardiente, que cuando toca el aire se convierte en una avalancha de flores.

La tierra se emborracha de vida con su presencia.


“Yo soy Perséfone.

Reina del Inframundo, Reina de la Primavera, 

la que mueve todo lo que toca. 

No soy mi madre Deméter. No tengo que cuidar. 

En mi presencia la vida se alegra, se enardece y se cuida a sí misma.

Mi energía es sabia. 

Mi energía es vida que sale del infierno y se extasía a la luz del sol.

La vida me acoge y me celebra.

Yo soy la que enlaza mundos. 

Yo soy la que muda, desaparece, crece y reverdece. 

Yo soy la sombra desvelada. 

Yo soy la que ve. 

Yo soy la viajera. 

Yo soy la que habita en el Misterio. 

Yo soy la que no tiene miedo. 

Soy hueso y soy brote.

Soy eterna y soy la diosa. 

Siempre llegaré cuando menos lo esperéis. 

            Aquí estoy.”          



                       

viernes, 8 de febrero de 2019

Conmigo misma








Y dije, voy a estar un rato conmigo misma.

De inmediato ví a una chica joven, y también a una niña, y a una madre atareada con sus bebés, y a una mujer solitaria, y luego no ví a nadie sino el paisaje, porque ya estaba de nuevo mirando desde mis ojos.

Había una escalera y la bajé. La conozco, esa escalera de caracol, con sus peldaños de piedra iluminados por unas pocas antorchas fijadas en sus paredes.

Esta vez acababa en una sala con una chimenea encendida, íntima y acogedora.
Y otra vez afirmé mi intención: voy a estar un rato conmigo misma.

Éramos varios en torno al fuego. Un hombre joven de pelo moreno me ofreció un vaso de vino. Una mujer mayor sonreía apenas al fondo del círculo. Había una niña rubia tirada en el suelo, dibujando con lápices de colores. En algún lado había también un caballo, un gato, un halcón y alguna otra presencia que no se dejaba ver.

Tómate un respiro, me dijo el chico. Sé que estás cansada.

Más que cansada, le dije. Estoy vacía.

Caliéntate, me dijo la mujer mayor. No te preocupes, estamos en familia.

Estamos de vacaciones, dijo la niña. ¿No hay una pizarra?

Entonces vimos que había una pizarra en toda la pared de la derecha, y tizas de colores. La niña se puso de pie de un salto y dijo ¡Me encanta! Y empezó a pintar a grandes trazos en la pizarra.

Me gusta ver el fuego, dije. Yo soy más yo delante de un hogar encendido.

Ya lo sé, dijo la señora. Ya sabes que aquí lo tienes.

Voy a reponer fuerzas, dije.

Y me quedé mirando las sartas de chispas anaranjadas que recorrían las brasas en la raíz de las llamas, y las llamas que lamían dulcemente los troncos, sin apenas tocarlos pero consumiéndolos con su mismo amor. Los troncos se transformaban en brasas iluminadas y en humo oloroso y en cenizas tan blancas y leves como las más lejanas memorias.

Tengo ganas de viajar, dijo el chico.

Tengo ganas de legar, dijo la señora.

Yo siempre tengo ganas de jugar, dijo la niña. ¿Jugamos?

El juego se hace muy grande, dijo la señora.

A mí me gustaría saber de verdad que estoy jugando, dije yo.

¿Qué otra cosa hay, querida? dijo la señora.

Hay misiones que cumplir y destinos que conquistar, dijo el chico.

No seas tonto, dije yo. Ya no hay nada de eso.

¿Por qué? Preguntó él.

Ya os estáis poniendo trascendentales, dijo la señora. Toma unas palomitas.

Me muero, me muero pensando esas cosas, dije yo.

Canta, dijo la niña. ¡Canta, canta, canta!

Cogí el tambor y empecé a tocar, y canté.

Canté en medio del baile de las llamas y en las raíces de las brasas, canté con el humo que subía haciendo espirales, canté desde la garganta de la mujer y del hombre y desde el corazón de la niña que era como un pajarito atrapado entre las costillas.

Salió el pájaro y echó a volar alrededor de la habitación, hasta que encontró la chimenea y escapó hacia arriba por el camino de los duendes.

12.1.19









lunes, 27 de agosto de 2018

Laberintos








Tengo una amiga que montó un laberinto en un bancal cerca de su casa.

Lo construímos con piedras de río que habíamos recogido por la mañana. Luego, hubo una pequeña ceremonia donde cada una lo recorrió, dejó algo en el centro y siguió su camino.

Creo que ese día aprendí varias cosas:

Dicho así, al modo del Eclesiastés, ví que hay un tiempo para entrar y un tiempo para salir,
un tiempo para estar en el centro, un tiempo para estar en las orillas, 
un tiempo para concentrarse y un tiempo para expandirse.

Ví que siempre estás en el camino, siempre, y todo forma parte del camino.

Ví que a veces, te crees perdida porque tú ibas hacia el centro y de repente un "zarandeo del destino" te hace encontrarte en la pura periferia, al ladito mismo de la puerta de entrada, y dices, ¿"pero esto cómo puede ser? no entiendo nada"... y a los tres pasos compruebas que sólo era el giro necesario para dirigirte a donde ibas...

Ví que igual q deseaba llegar al centro, después deseaba llegar a la salida.

Ví que al centro se pueden llevar cosas y que del centro se pueden sacar cosas.

Ví que la entrada y la salida son lo mismo, pero mirado desde el punto de vista opuesto.

Ví que al final, hicimo el camino del laberinto todas juntas, con la mano en el hombro de la anterior, y danzando.

Y ví, yo sola, en último término, que al fin de cuentas, si así lo eliges porque ya no quieres jugar más, puedes saltarte todas las barreritas marcadas e ir en línea recta de la entrada al centro y a la salida, o viceversa, o incluso cruzarlo de parte a parte... es tu decisión. Pero es bueno haber jugado, porque si no, no hubiera visto ninguno de los puntos anteriores.

Y ví que los laberintos se pueden tomar como un juego. Y que es un juego jugoso. Y que nadie está perdido si no se siente así.




martes, 17 de abril de 2018

Los niños milenarios



Peter Pan in Kensington Gardens, Arthur Rackham, 1912



Están muertos hace siglos pero nunca murieron.

Los escucho bisbisear por las noches cuando enciendo mi farolillo para iluminar la travesía nocturna. También a veces se paran un momento en las cuerdas de la ropa o en las antenas más altas, o les veo brillar los ojos en el fondo del  sumidero de la terraza.

Cantan canciones interminables en los caracoles de mis oídos, que suenan un poco como las esquilas del ganado o el silbo del viento en la chimenea. Se asoman por mis sueños descaradamente y suelen hacerse los encontradizos por mis vigilias.

Nuestras madres y abuelas nos acunaron con ellos, con ellos saltamos a la comba y tiramos las tabas, y también nos contaron cómo era sentir las fauces de la fiera justo detrás de nuestra nuca, y nos estremecimos cuando supimos, porque ellos nos lo dijeron, que podíamos caernos en el abismo del cielo, del barranco o del mar.

Ellos nos dijeron que no pasáramos bajo la escalera, y nos provocaron a hacerlo. Nos llevaron a buscar tréboles de cuatro hojas. Nos miraron poniéndose bizcos desde las páginas de más de un libro. Nos invitaron a ser uno de ellos. Yo acepto la invitación.

Saben contar, al menos hasta veinte. Y conocen los verdaderos nombres de las estrellas. Juegan con flores y calaveras, con caramelos y venenos. No hay nadie más sincero, ni nadie que hable con más niebla. Si la niebla se levanta, la desnudez es grande y casi nadie se queda a averiguar nada más.

A veces muerden, y a veces te los encuentras durmiendo enroscados en el rincón más calentito, como los gatos.

No tienen vergüenza, ni piedad, ni prisa, ni aburrimiento. Y cuando un lugar está vacío de ellos, no hay nada más vacío.

Guarda un sitio a los niños milenarios si quieres mirar al fondo del espejo.

(Escrito en febrero de 2018)






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miércoles, 11 de abril de 2018





La espiral es la madre del mapa de la vida, eso supe. Y esa espiral tiene que cuajar en algo corpóreo, calcáreo, real, que suena si lo golpeas, que parece muerto, pero míralo, no tiene principio ni fin.
Toda mi casa era una sala de pasos perdidos y yo deambulaba buscando un sorbo de belleza.
El caracolillo blanco me dijo “ponme encima del viejo mármol”.
El anciano aparador callaba. El caracol me guiñó un ojo inexistente.
Y la encontré.





viernes, 5 de febrero de 2016

Kairós






Yo voy lenta.

Como los volcanes, como las ballenas, como los árboles.

Yo voy despacio hasta que viene una erupción, una danza, una primavera.

No quiero que me urjan, que me azucen, no quiero ir así. Así no me respira el alma.

Tengo que sentir las manos metidas muy adentro del barro de la vida. 

Tengo que quedarme mirando hasta que sepa que no soy yo la que mira, y empiece el amor. 

Tengo que dejar crecer las raíces hasta que la savia o la lava me inunden de golpe. 

Kairós. 

Entonces estallo, bailo, nazco y muero.

Qué cosa extraña, el tiempo, los tiempos de cada quién, tan diferentes.

Pero kairós no es tiempo. Es la puerta del tiempo.


Presente despierto, kairós.




Kairós, relieve de Lisipo